Había una vez podría decir, pero esa es formula para cuentos, esos de finales felices y hadas, esos que les leen a los niños a la hora de dormir.
Mi historia no tiene hadas, mi historia no es para niños, mi historia ni siquiera tiene final feliz.
Mi historia como cualquier historia no apta para niños, tiene un Él y un Ella.
Él, la amaba con locura.
Ella, estaba prohibida.
Entregada en los brazos de otro hombre que en realidad nada sabía.
Y Él sufría.
Lloraba amargamente y vertía esas amargas lágrimas en su único consuelo: su almohada.
Ese manojo de plumas e hilo era el mudo testigo de su sufrimiento.
Nadie más conocía su dolor.
Un dolor inmenso que se acrecentaba al verla caminar radiante a unos cuantos metros.
Pero sin embargo, Él era consciente que esos cuantos metros en realidad representaban un abismo inmenso.
Y ese abismo le daba la terrible y cruel certeza de que sus manos nunca recorrerían esas sinuosas curvas, ni se posarían sobre su suave piel.
Que sus dedos nunca se pasearían entre su sedoso cabello.
Que por su amarga boca no correría nunca la dulce miel de sus labios.
Al verla a los ojos estos nunca reflejarían ningún alma enamorada, ninguna pasión encendida. Solo una amable simpatía, que en realidad no significaba mucho para nadie.
Tal vez incluso un dejo de amistad, pero amor, nunca.
Mi historia no tiene hadas, mi historia no es para niños, mi historia ni siquiera tiene final feliz.
Mi historia como cualquier historia no apta para niños, tiene un Él y un Ella.
Él, la amaba con locura.
Ella, estaba prohibida.
Entregada en los brazos de otro hombre que en realidad nada sabía.
Y Él sufría.
Lloraba amargamente y vertía esas amargas lágrimas en su único consuelo: su almohada.
Ese manojo de plumas e hilo era el mudo testigo de su sufrimiento.
Nadie más conocía su dolor.
Un dolor inmenso que se acrecentaba al verla caminar radiante a unos cuantos metros.
Pero sin embargo, Él era consciente que esos cuantos metros en realidad representaban un abismo inmenso.
Y ese abismo le daba la terrible y cruel certeza de que sus manos nunca recorrerían esas sinuosas curvas, ni se posarían sobre su suave piel.
Que sus dedos nunca se pasearían entre su sedoso cabello.
Que por su amarga boca no correría nunca la dulce miel de sus labios.
Al verla a los ojos estos nunca reflejarían ningún alma enamorada, ninguna pasión encendida. Solo una amable simpatía, que en realidad no significaba mucho para nadie.
Tal vez incluso un dejo de amistad, pero amor, nunca.


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