Como costarricenses nos hemos acostumbrado a caminar con desconfianza, viendo por encima del hombro, atentos a cualquier persona sospechosa. Ahora, hasta dudamos cuando nos preguntan la hora en la calle.
Tenemos miedo de la delincuencia que nos ataca casi arbitrariamente, la diferencia entre ser víctima o no de un asalto puede ser de segundos o metros. Que si había alguien cerca o no, que si pasó una patrulla en ese instante...o no. La delincuencia se nos presenta entonces como una realidad de la que no podemos escapar a menos que no salgamos de la casa, se supone.
Es peligroso andar en bus porque las paradas, los buses, la calle nos vuelven vulnerables. Es peligroso andar en carro, porque, si no lo tachan, nos rompen la ventana o nos bajan del carro. E incluso, si llegamos a la casa, todavía se pueden meter detrás y asaltarnos.
El costarricense está comenzando a creer que no está seguro en ningún lado. Que sólo armados podemos evitar ser víctimas del hampa. Más y más armas circulan cada día en manos de ciudadanos, más y más vigilantes privados se requieren cada día. El negocio de la seguridad se ha vuelto realmente jugoso. Y obviamente la mayoría se pregunta por qué estamos como estamos. La mayoría.
Porque, peligrosamente, una minoría (espero) no se lo pregunta. Prefiere obviar esa interrogante y pasar de una vez a las "soluciones". El problema es que sin un diagnóstico adecuado, las soluciones pueden pasar a agravar el problema o a crear nuevos sin resolver nada. Me refiero específicamente a la política de "cero tolerancia" o "mano firme" o "mano dura" o como se quiera llamar. No es en efecto nada nuevo, la mayoría de países latinoamericanos experimentan o han experimentado en mayor o menos medida los embates de la delincuencia. Y muchos políticos han llegado ya a la misma ecuación errónea: + policías + cárceles + convictos + ciudadanos armados = - delincuencia. La realidad es menos simplista y más preocupante.
Pocos países, talvez ninguno, han logrado reducir la delincuencia a través de la represión. O el fuego no se combate con el fuego. Es simple, si el número actual de policías se ha visto desbordado por la delincuencia no es simplemente porque la población crezca, es porque la delincuencia se ha convertido en una opción atractiva para un gran número de jóvenes que se sienten excluidos de la sociedad de consumo, que se debaten entre su pobreza, la cultura que insta a consumir y la posibilidad que los otros sí tienen de consumir. Los delincuentes ven como injusto que todos puedan consumir y comprarse cosas mientras ellos no pueden. Es lo que se llama el resentimiento social y por ende se rebelan contra esa sociedad que los ha excluido, que no sienten como propia.
Esto sin embargo no es solo propio de las personas en situación de pobreza. En efecto, todos sentimos en algún momento envidia de lo que él otro tiene y nosotros no, sin embargo, gracias a una educación, a los valores aprendidos en casa, el clima afectivo adecuado, la mayoría no robamos porque sabemos que no es correcto que lo correcto es estudiar, trabajar, esforzarse. Los jóvenes que caen en la delincuencia no saben esto o no lo entienden de la misma manera y lo que es peor no hay nadie que les pueda transmitir estos valores. Así un hogar desintegrado se convierte en el primer obstáculo para que el jóven aprenda los valores de la vida en sociedad, si además, nadie le enseña nunca que la educación, valga la redundancia, educa, y además se ve bombardeado por una cultura que le insta a consumir, es fácil comprender por qué el jóven se siente rápidamente frustrado y excluido, encerrado en un círculo de desesperanza, sin perspectivas a futuro, sin ambiciones honestas. La delincuencia se convierte rápidamente en una manera de obtener lo que uno quiere sin tener que esforzarse demasiado y aparentemente sin consecuencias.
En efecto, no su sociedad la que destruyen a través de la delincuencia, no es su tranquilidad ni su paz la que es robada. Pueden terminar en la cárcel, pero lo triste de la exclusión en la que viven es que el cálculo entre el costo y los beneficios de la delincuencia no representa lo mismo para un jóven que de por sí, no tiene ambiciones, o para un jóven que estudia, que quiere ser profesional y formar una familia.
Y de ahí el título, la delincuencia no es una causa de la inseguridad ciudadana, por el contrario, es una consecuencia de la inseguridad a la que tantas personas han sido sometidas por mucho tiempo. Inseguridad al no saber si habrá comida mañana, inseguridad al no saber si los niños podrán ir a la escuela, inseguridad al no saber si al final del mes habrá trabajo.
La delincuencia es el síntoma de una sociedad que ya no es una sociedad, que lentamente, se pudre, se deshace, se destruye sola. La delincuencia es la sublevación espontánea, la revolución silenciosa de los marginados, de los excluidos. No son ni siquiera "los de abajo" los que se manifiestan, si no, "los de afuera", los que ya no se sienten parte de una sociedad excluyente, que cada vez separa más a los ricos de los pobres y que como una liga demasiado estirada, termina por reventarse. Y se revienta siempre por el medio.
En efecto, es la clase media la que siente las consecuencias de esta delincuencia. Los ricos pueden pagar seguridad, alarmas, carros blindados...etc. La clase media debe simplemente confiar en la policía para que los proteja. O armarse. Pero tristemente la policía oscila entre esa delgada línea que separa al policía del delincuente. Las armas no sirven de mucho, porque el día que todos tengamos armas cortas para protegernos, vendrán los delincuentes con armas largas, cuando todos tengamos chalecos antibalas y carros blindados, ¿veremos delincuentes con bazookas? ¿o simplemente ya no los veremos porque no saldremos más a la calle? Y cuando tengamos más policías, ¿vamos a atiborrar las cárceles de ladronzuelos y asaltantes? Cuando las cárceles se llenen, ¿construiremos cárceles y cárceles hasta el infinito?
¿O cambiaremos la mano firme que golpea por la mano abierta que ayuda? Porque no es mi intención justificar a los delincuentes, yo no disfruto ser asaltado. Pero hay que atacar el problema en sus raíces, hay que dar esperanza a los jóvenes que se ven tentados por la delincuencia, hay que buscar reducir la brecha social para recuperar la cohesión de la sociedad. No podemos contentarnos con una solución simplista como la represión que al final solo puede empeorar el problema. Tenemos que garantizar una redistribución equitativa, que el que más puede dar, dé más, que el que más necesita reciba más. Y evidentemente, que al final no se quede en los bolsillos de burócratas corruptos u ociosos por presupuestos mal ejecutados. Tampoco se puede tolerar un sistema en el que los ricos se hagan más ricos mientras más y más es excluida de la sociedad de consumo. O, en otras palabras, los condominios millonarios no pueden estar creciendo al mismo ritmo que los precarios.


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