Es curioso como actúa la mente humana, o más bien nuestro corazón, quién sabe.
Primero ves a una persona. La encontrás linda, (preciosa, en este caso) y entonces te interesa. Es puro instinto en este plano. Es una atracción meramente visual. Una atracción que no responde más que a nuestras hormonas. Sin embargo esto trae una reacción: querés conocerla, querés saber quién es esa mujer tan linda. Después, tenés que superar obstáculos y atravesar un camino tortuoso, de cuyas dificultades no vamos a hablar puesto que no vienen al caso, y por fin, lográs hablar con ella. Simplemente intercambiás un par de palabras, estúpidas, intrascendentes, vacías, lo que sea y aún así esas palabras saben a gloria. En ese momento sabés que abriste una puerta. Y entonces otra vez luchás contra la adversidad para poder tener una segunda y una tercera y otra y otra conversación, hasta que llegás al punto que después de haber logrado conversado lo suficiente te empieza a gustar, ya no es simple atracción hormonal, si no que los sentimientos como que empiezan a aparecer en escena. Ella deja de ser una más del montón. Empezás a dedicarte más a ella, empieza a aparecer más en tus pensamientos. Cuando tu celular vibrá, esperás que sea un mensaje de ella y te sentís decepcionado si no. Pensar en ella te produce una sonrisa. Verla te produce dos. De repente, sin darte cuenta cuando ni como, comenzás a quererla. A quererla. Se vuelve aún más especial. Y no puedo definirlo con palabras, porque justamente el amor es indefinible, pero es una sensación maravillosa que solo es superada por amarla. Amarla de verdad. Eso es lo único que podría superarlo.
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