Él leía una de esas historias que, se supone, deberían sacudirnos íntegros. Estremecernos e impedirnos cualquier resistencia ante las emociones. Más importante aún, de esas historias que siempre habían tenido para él, como resultado invariable, ojos rojos y lágrimas, además de un ahogamiento en el pecho.
No era sobretodo que la historia no fuera lo suficientemente triste. Él se sentía triste, él quería llorar. Pero es que ya no se acordaba como se hacía eso.
De hecho, apenas recordaba, y solamente porque su memoria era prodigiosa, la última vez que había llorado.
No podía negarlo, tenía miedo. Miedo de que fuera algo patológico e irremediable. Algo así como una inexpresividad sentimental crónica.
Como no podía llorar, se sentaba a escribir. Talvez creía que se podían remplazar sus lágrimas con esos trazos de tinta. Por eso escribía, porque tenía una nebulosa de sentimientos en su interior tan grande que exigía ver la luz del mundo. Quería expresarse. S'exprimer.
Para él, desde que aprendió a hablar francés, expresarse era "s'exprimer". En su fuero interno entonces, cuando escribía "se exprimía". No había otra manera de escribir conscientemente.
Se exprimía sus sentimientos que de otra manera se resistían a emanar.
Hasta que, una noche, mientras escribía, sintió que empezaba a sudar profusamente; un sudor ardiente que le quemaba la frente. Se enjugó y se vió horrorizado su mano empapada en sangre.
Vio que sus brazos eran también una multitud de poros sangrientos. Y empezó a reírse...
No había nada que lo hiciera reír, pero no podía parar. Hasta que de repente le invadió una furia incontenible y golpeó todo lo que tenía al alcance. Rompió todo lo que pudo y subitamente empezó a llorar. A llorar como un niño de brazos, sin razón ni conciencia, solo por llorar.
Y cayó al suelo, sangrando, riendo, llorando y gritando. Hasta que, en medio de un charco de sangre espesa, cerró los ojos y calló.
Como si nadie leyera esto, como si esto hubiera sido guardado en hojas sueltas en un cajón oscuro, como si esto siguiera siendo esa oscura idea en mi cabeza. Yo, Gabo, sin más.
lunes, 23 de marzo de 2009
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