Él nunca supo porque. Siempre trató de agradarle a la gente. Nunca se consideró demasiado extravagante. Lloraba sin pena. Era fácil de molestar, nunca respondía.
Claro, siempre eran más.
Un día, nadie supo cuando, decidió no aguantarlo más. Dejó de creer en la bondad humana.
Como un perro golpeado, cada vez que veía una mano tendida hacia él, buscaba a morderla.
La bondad humana. Aún hoy se pregunta si existe. A veces lo desea. A veces prefiere que no.
¿Cuantas manos no debió haber mordido?
Como si nadie leyera esto, como si esto hubiera sido guardado en hojas sueltas en un cajón oscuro, como si esto siguiera siendo esa oscura idea en mi cabeza. Yo, Gabo, sin más.
domingo, 18 de enero de 2009
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